Secretos telefónicos

Secretos telefónicos

 

Por Rafael Navarro Barrón

 

El poder del llamado ‘cuarto poder’ está tan disminuido que ninguna estructura se inmuta cuando se denuncia un hecho que pudiera derivar en la tipificación de un delito grave y, por consiguiente, emprenderse una acción penal contra los implicados.

El manoseado caso de César Duarte es una muestra de esa particular circunstancia a la que nos estamos refiriendo. Si la hipótesis de Javier Corral está en lo correcto, el ex gobernador empezó a robar en el primer minuto de su mandato y, hasta la fecha, la presión política (de la oposición al PRI) es la que ha propiciado la búsqueda de elementos de culpabilidad, en las que la PGR no tiene mucho interés de actuar.

Si las instituciones fueran serias y efectivas, Duarte no hubiera llegado al final de su mandato. El saqueo debió haberse detectado al primer año de gobierno.

Se entiende que no ocurrió nada porque las instituciones que investigan estaban al servicio del gobernador; las áreas de fiscalización federales fueron omisas o recibieron línea política para no actuar.

Y no se diga de los medios de comunicación ‘fueron cooptados’ y, aunque todos hablábamos en las redacciones de los ‘excesos del tirano’, nadie se atrevió a denunciarlo.

En el fondo, los dueños de medios de comunicación y sus reporteros, navegábamos en la esperanza de que el gobernante prófugo coadyuvara con la causa de los negocios periodísticos, como ocurrió con algunos que fueron ampliamente atendidos.

Al concluir los periodos de gobierno en la entidad, los periodistas siempre lanzamos la misma pregunta a nuestros colegas ¿cómo te fue con el gober (fulano de tal)? Y todos tenemos una respuesta en torno a los apoyos económicos. Es como subsisten las empresas de comunicación.

Ese nivel de hipocresía ha dominado en los últimos 15 meses de Javier Corral con un cambio de línea política en el Estado. Estamos frente a un gobernador al que no le importa lo que diga la prensa local y nacional; su estructura formal, sus empleados, no trabajan en apoyo de Corral, sino para apabullar, en redes sociales y a través de sus aliados, a quienes hablan en contra de su gobierno.                                                                                                 

En el tiempo de Duarte predominaron otros factores. Las pocas notas periodísticas y columnas en contra que aparecieron en los medios eran ‘pullitas’ asusta tontos, que servían para acercar a los negociadores del Estado para llegar a acuerdos económicos utilizando la premisa del ‘zapo y la pedrada’.

En realidad, las denuncias periodísticas son vagas intenciones de justicia. Somos lo que somos y hemos llegado a lo que hemos llegado –como periodistas- porque trabajamos más en lo que queremos ganar que en lo que debemos hacer. Y, entre lo que queremos y debemos, perdemos grandes oportunidades de derrumbar imperios de tiranos que se burlan del pueblo y que pisotean a la prensa.

Nos conformamos con muy poco. En periodo navideño embotan la mente de los reporteros y directores de medios con ‘posadas’ en donde rifan atractivos regalos, donde no hay discursos alusivos a nuestra misión de periodistas y, lo que se transmitimos como ente de información, es que somos una prensa domesticada, arrodillada y hambrienta que nos vendemos por un regalo y, en el peor de los casos, por un platillo navideño y varios tragos de alcohol.

Por eso, nada ocurre cuando lanzamos críticas a los gobernantes, menos en una sociedad insensible a la denuncia pública. Ningún funcionario se mueve de donde está, nadie renuncia, pareciera que hemos perdido toda sensibilidad en el tema de la moral pública.

Peleamos y destituimos a entes menores, como tránsitos y policías, pero son batallas pírricas que no tienen un efecto real, porque la autoridad nunca pide la renuncia a los malos tránsitos y policías; gritamos y ofendemos a secretarias que cierran la puerta a entrevista y hay que entenderlas, porque para eso están; nunca nos vamos a la cabeza, a los verdaderos responsables de esta tolvanera social que nos está ahogando.

Y por el contrario, aplaudimos todas las estupideces del poder público que está desatado en su misión corrupta y voraz. 

Osbaldo Salvador, un periodista que pertenece a la generación intermedia entre la vieja guardia y las nuevas –dos- generaciones de reporteros en las que hemos participado, afirma que “la sociedad y los periodistas no están acostumbrados a la denuncia fuerte porque creen que no va a ocurrir nada”. Y tiene razón.

Los delitos en los que incurre el sector público de México no son cosa pequeña. Muchos de los actuales y pasados gobernantes (quitemos otra vez a Duarte) deberían de estar en la cárcel.

Esa premisa que un día utilizó Alfredo Varela en un programa de radio cuando Radio Net 1490 era una verdadera estación de noticias, refiere con mucha precisión, lo que todos pensamos: “si se mete a todos los políticos corruptos a la cárcel, ¿quién diablos va a cerrar la puerta?”

Frente a la soberbia del sector público y privado, está un pobre periodismo que sufre de amnesia y que compromete su pluma al mejor postor.

Cuando empezamos la aventura de esta columna, muchos compañeros se entusiasmaron con su publicación. Algunos decidieron no publicarla ya porque sienten que su contenido vulneraba sus intereses de publicidad y amistad con el sector público y privado.

Y es así como vive esta generación, con noticas light, con columnas mentirosas y especulativas. Vivimos apegados al aplauso y al reconocimiento de los políticos como si eso importara para poder respirar.

Hay periodistas que están entusiasmados porque un funcionario del gobierno informó que han decidido incrementar el monto de publicidad a los medios de Chihuahua en este 2018.

Recordemos que muchos medios de comunicación se quedaron fuera del presupuesto oficial. Y a eso hay que agregar la frase de Antonio Pinedo, el jefe de comunicación social de Corral que afirma con optimismo que este año “nos va a ir a toda madre con la publicidad” y la verdad, el reflejo de esa pieza retórica, no beneficiará a muchos incautos que son sobajados y despreciados.

Desde la óptica oficial son pasquines, son medios a los que no se les tiene la más mínima credibilidad y que no representan nada en el escenario político.

Las estructuras que sostienen al periodismo libre en el Estado de Chihuahua están a punto de sucumbir. Se habla de un Diario de Chihuahua en situación ruinosa, apenas sostenido con un número bajísimo de personal; lo mismo ocurre con los dos grandes del Estado, El Diario de Juárez y El Heraldo de Chihuahua, ambos están viviendo una auténtica crisis económica y de credibilidad.

Y así están las televisoras locales, las estaciones de radio y la infinidad de páginas de Internet que, en algún tiempo, obtenían recursos del Estado, en tiempos de César Duarte y que vivieron buenos tiempos en las administraciones de Reyes Baeza y Patricio Martínez.

Lo que está haciendo Corral no es un ahorro, sino un castigo a los medios de comunicación, cuyos espacios están siendo sustituidos por la prensa oficial y oficialista.

Y en honor a la verdad, Corral no tiene la culpa. El problema está concentrado en los contenidos periodísticos, en los aburridos y cuadrados programas de radio y televisión que no retratan la realidad de quienes los escuchan y ven.

Los espacios editoriales están en manos de auténticos inexpertos. Las columnas periodísticas de las páginas de Internet y periódicos son lastimosos remedos que se concentran más en el chisme que en la crítica que pudiera ser poderosa si se realiza sin el coraje de los propietarios que están molestos porque no les dan publicidad.

 

Recuerdo las vagancias de un viejo jefe policiaco que le gustaba escuchar conversaciones ajenas. Con micro grabadoras colocadas en las cajas de control de Teléfonos de México o en los postes de la empresa telefónica, espiaba a políticos, empresarios y activistas que, de la noche a la mañana, se convertían en un problema para el poder político.

Al paso de los años el mecanismo de espionaje cambió y mudó su telaraña a las empresas de telefonía celular. Los técnicos de esas compañías, por acuerdos económicos, permitían que las conversaciones de ciertos números telefónicos fueran grabadas.

Ese material llega en ocasiones a los reporteros, porque el gobierno así trabaja: divulga lo que cree lo pone en riesgo utilizando su poderoso mecanismo de control político y social.

Sucedió en Juárez. Por encargo de un presidente municipal, se ‘colgó’ el teléfono celular del dueño de un medio de comunicación en esta frontera que en ese entonces sostenía un dramático amorío que era digno guión de telenovela mexicana.

Cuando le dijeron al alcalde que solo hablaba de amor con una mujer que andaba cortejando, el alcalde montó en cólera. Exigía datos concretos, que se le aportara más información para “chingarlo”, pero solo tenían conversaciones de amor que no servían para los fines políticos.

Y así le ocurrió a empresarios, políticos, activistas sociales, sacerdotes e infinidad de actores de la vida pública. Todos a merced de Telcel y los grupos de inteligencia que obtienen y proporcionan conversaciones, datos de los números telefónicos con los que habla el personaje que tienen ‘colgado’ y los mensajes de texto que realiza a través de su aparato de telefonía celular.

Oyendo aquellas conversaciones nos dimos cuenta de la perversión del sistema y de la forma en que trabaja el poder público.

Infinidad de llamadas donde se pactan acuerdos políticos, diálogos interminables exigiendo, apretando, llegando a acuerdos, otras más que denotan amoríos y extravíos, forman parte del gran almacén virtual o digital con el que cuenta el Estado.

El nombramiento de Omar Bazán fue algo así. Los diálogos telefónicos entre actores políticos desecharon a Lilia Merodio que era abiertamente repudiada para llegar a ese cargo. También se eliminaron a los disidentes del PRI y, finalmente, determinaron que fuera el entonces director general del Issste quien eligiera al sucesor de Guillermo Dowel.

Los diálogos entre Lilia Guadalupe Merodio Reza y la gente del PRI; sus conversaciones con periodistas y con personajes de la vida política de Juárez, se encuentran en infinidad de archivos que son una oda a la necedad, pero también al cinismo con el que trabaja el PRI.

Las razones por las que no llegaron algunos candidatos fueron fielmente grabados por las ‘orejas’ de sistema; los eternos berrinches de Teto Murguía y su peculiar forma de presionar, son un vivo ejemplo de lo que ocurrió en esa transición.

Allí está la respuesta al método de elección al interior del PRI, quién llegó y quien no llegó a las candidaturas, cómo se definieron en tiempo y los adjetivos subidos de tono y amenazas.

Javier Corral supo unos días después de asumir el cargo de gobernador cómo estaba el expediente de César Duarte, sin necesidad de emprender investigación alguna. Decenas de conversaciones fueron editadas y llevadas hasta su escritorio.

La famosa lista secreta encontrada en una de las casas de Duarte, son una realidad que esbozó en al alguna ocasión el abogado Murillo, asesor del gobierno, al afirmar en llamadas telefónicas quienes estaban en esa lista.

A algunos periodistas y activistas políticos se les pagaba 300 mil pesos mensuales; allí están directores de medios de comunicación que fueron favorecidos por Duarte y que, para acceder a esos premios, los hacían firmar algún tipo de documento. Muchos de esos personajes se han convertido en aliados de Javier Corral, no por gusto, no por afinidad política, sino que tienen miedo ir a la cárcel. 

 

Por la línea privada de un funcionario público municipal en Juárez, se escuchaban conversaciones cifradas con altos jerarcas del Estado. Una de ellas destacaba por la forma en que acordaban acudir a reuniones a la Ciudad de México, ‘con’ compañía, pero ‘sin’ esposas: “Oye ¿vas a ir ‘con’ a la ciudad de México?; sí, voy a ir ‘con’ pero ‘sin’… ah, qué bueno…yo también voy a ir ‘con’ pero ‘sin’; allá nos vemos pues”.

Esos políticos se odiaban públicamente, pero sabían guardar los secretos de alcoba que hacían reír a los que escuchaban esos diálogos.

En una ocasión, uno de esos personajes que trabajaba para el Cisen, me dijo que el ‘sentido’ de grabar no era controlar, sino prevenir asuntos que pudieran salirse de control de Gobernación federal.

Robar o ser corruptos; las relaciones homosexuales o fuera del matrimonio, no son un factor de interés para el Estado, sino aquellos asuntos que ponen en riesgo la estabilidad de México o que vulneran la seguridad de la misma autoridad.

El gobierno sabe mucho y difunde poco. Solo actúa contra los actores que vulneran las políticas públicas que se dictan desde las altas esferas del poder en nuestro país.

Las notas periodísticas no son factor de peso contra la corrupción, porque el gobierno sabe mucho de corrupción, tiene todo documentado. Conoce a la perfección cómo se hacen los negocios, de cómo se roba.

Lo que se publica en los medios de comunicación es una mínima parte de lo que realmente ocurre en las entidades de gobierno. Se cree que equivale a un 5 por ciento de esa realidad lacerante.

Todo de deriva de las conversaciones telefónicas, luego se investiga y se documenta y luego se envía a las esferas del poder en la Ciudad de México, donde se desecha o encapsula según sea el caso.

De allí que las acusaciones contra los últimos alcaldes de Juárez y contra César Duarte no han generado, en la realidad, ninguna reacción importante, porque al poder público del país no le importa que los gobernantes sean corruptos, sino que sean factor de desestabilización.

En el juego de la obviedad participan muchos actores. De acuerdo al testimonio de los ‘copiones’ (los que graban), las llamadas telefónicas evidencian cada vez más el cinismo de los ‘actores’, en este caso políticos, empresarios y activistas. En las llamadas se ocultan muy pocas cosas y las claves con las que se comunican resultan muy evidentes para los que están del otro lado del auricular.

El razonamiento es muy obvio. Los que usan sin temor el teléfono suponen que nadie los graba o caen en la trampa de que en el mundo hay muchos teléfonos para que alguien se tome la molestia de escucharlo a él o ella.

Cada uno de los ‘colgados’ tiene su propia ficha técnica. Los que graban no los llaman por su nombre, sino por una clave, casi siempre vinculada con animales: águila, dragón, jaguar, león uno y dos, liebre, tigre, condor…

En una de esas grabaciones, un alcalde pidió que siguieran y le “metieran una chinga” a un periodista que ya lo tenía “hasta la madre”, pero el interlocutor, aparentemente un jefe policiaco, lo recomendó que no se metiera en un lío que le podía costar su carrera política.

 

La prensa siempre ha participado en la guerra sucia. Es parte inseparable de esa confrontación entre los grupos de poder.

Pasquines electrónicos, revistas de poca circulación, páginas de Internet, falsos perfiles de Facebook o Twitter son usados por periodistas y manejadores de redes sociales para la guerra sucia.  

Y, a partir de estas guerras, surge la necesidad de ‘colgar’ teléfonos. Es allí donde intervienen las policías locales y el mismo crimen organizado, que paga muy bien a los técnicos de las telefónicas.

El gobierno para espiar a los detractores y el crimen organizado para protegerse de la policía.

El gobierno de Estados Unidos es el que alerta siempre en relación con esas guerras sucias o las intenciones de los criminales de asesinar o hacer daño a actores políticos o policiacos.

Sucedió ya en esta administración municipal. La DEA ha alertado en varias ocasiones de posibles ataques a jefes de policía. Han captado esas llamadas al colgar teléfonos de delincuentes o rastrearlo por azar de voz y le han advertido a la autoridad local para que tomen sus previsiones.

Pareciera que todo se deriva del método deductivo, pero no, en realidad hay gente oyendo lo que hablamos y, así como se detectan los rastros faciales, así se detecta la voz y se rastrean múltiples conversaciones, que son riesgosas.

El caso Miroslava fue exitoso por la detección de una serie de llamadas telefónicas que fueron grabadas antes y después del ataque y que, ahora, forman parte del expediente de la Fiscalía. Esas llamadas fueron las pruebas que Javier Corral llevó a la ciudad de México y entregó al entonces secretario de Gobernación, Miguel Angel Osorio Chong.

 

 

Lo dijo un día José Luis Larrazolo, un finado jefe de la Policía Judicial Federal en el Estado de Chihuahua. “Todos creen que los narcos son entrones y con muchos huevos…me ha tocado detener cabrones que cuando les quitamos las armas se mean en los pantalones e imploran clemencia…hasta me han besado los zapatos”, decía el llamado ‘jefe Larrazolo’.

Esa flaqueza permea en todos los sectores. Siempre hay alguien que raja cuando los fuertes aprietan e imponen miedo. Muchos políticos están al servicio de esos sistemas de monitoreo. Revelan información por miedo y por mínimas prebendas.

El problema social al que nos enfrentamos como sociedad, es que prevalece la impunidad. De qué sirve al gobierno saber tanta cosa y, en pocas ocasiones, pasar esa información a la prensa.

La utilización de conversaciones secretas, privadas o espiadas, solo sirve para activar el engranaje del morbo. Nos divertimos un poco, pero al final, todo sigue igual… como hasta hoy.

Rafael Navarro zagaleton.navarro@gmail.com


 

 

 

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